Gabriel Cifermann (Teólogo)
Miércoles 27 de agosto de 2008, por Foro Diamantino (actualizado el 27 de agosto de 2008)
La pregunta por el Mal está presente en el ser humano desde que el hombre tiene conciencia. La pregunta por el origen del mal ha tenido diversas respuestas en la historia. La más conocida en occidente es el planteamiento bíblico del origen del mal en la decisión libre en contra de Dios, por parte del mejor de los ángeles. La tesis bíblica del ángel desertor se fundamenta en el texto del profeta Ezequiel 28, 12 b – 16. Se afirma que dicho ángel es “un modelo de perfección”, “lleno de sabiduría y belleza”, que vivía “en el jardín de Dios”, que “fue creado” y que “era perfecto en sus caminos”, “hasta que la maldad apareció en él”, y por ello fue “arrojado del monte de Dios”. El texto de Ezequiel surge en el contexto histórico de Israel exiliado en Babilonia el año 570 ac. El profeta coloca el nombre de la denominación dada al rey de babilonia por quienes más lo apoyaban: “Lucifer” (Hijo de la Luz). Es decir, Ezequiel denomina irónicamente al demonio como “Lucifer”, aludiendo al responsable de los sufrimientos de Israel en el exilio: “Tiro”, rey de babilonia.
En consecuencia, Ezequiel vive junto a su pueblo las penas del exilio: la marginación, el hambre, la injusticia, la enfermedad y la muerte. Por ello, debe enfrentar las preguntas que el pueblo reclama: ¿por qué si somos elegidos por un Dios Bueno y Todopoderoso, hemos de sufrir tantos males? ¿Cuál es el origen del mal? Este contexto hace que el autor bíblico deba explicar al pueblo que sufre el exilio, el origen de esos males concretos que padecen. De ahí, que la motivación del autor bíblico no es una abstracción filosófica o meramente religiosa, sino histórica.
Ahora bien, Ezequiel piensa 3 salidas posibles para explicar a su pueblo el origen del mal: 1) Dios creó el mal o nos creó malos. Pero ello, no es posible porque Dios tendría experiencia del mal, lo cual, lo haría ambiguo y no Absoluto, y por lo tanto, no sería Dios. Además, si Dios no hace libre lo que crea se engañaría a sí mismo; y si también, elimina de la existencia a quien lo ha negado, se niega a sí mismo, ya que Él es el único que da la existencia. 2) Otra posibilidad es que hay un Dios del Bien y otro del Mal. Pero ello, no puede ser, pues, Dios es Dios porque es Eterno, y si es Eterno, es Único; y si no es Uno sería sustituible, pues, para ser Absoluto no ha de depender de nada. 3) Otra salida sería pensar que el hombre es el mal o el pecado. Pero ello, es imposible, ya que Dios para salvarnos tendría que eliminarnos, lo cual, es absurdo.
Ante esos tres callejones sin salida, el autor bíblico optó por pensar lo siguiente: se debe ubicar el origen del mal después de Dios y antes de la creación del mundo material y del ser humano. Para dicha ubicación del origen del mal, el autor bíblico ha de suponer que Dios ha creado también un mundo espiritual (Principados, Serafines, Querubines, Virtudes, Dominaciones, Potestades, Ángeles, Arcángeles, etc.). Luego, el mejor de los ángeles creados (“Lucifer”) habría optado en contra de Dios y fue seguido por otras entidades en su decisión irrevocable. Eran seres creados en “tiempo eterno”, pero eran libres de optar; puesto que si hay una obligación ciega de optar por Dios, Él se estaría engañando a Sí Mismo. En conclusión, el mal no es sólo una deficiencia o carencia (=ausencia de bien), sino sobretodo una Eficiencia: el Maligno o Misterium Iniquitatis: el misterio de la iniquidad o de la injusticia a los más inocentes y abandonados.
El demonio fue entonces, originalmente, ángel o ente espiritual creado por Dios. Por lo tanto, la luz de Dios aún está en él, la cual, le permite seguir existiendo. Pero él ha tapado herméticamente esa luz por voluntad propia o por un mal uso de su libertad. Por ello, no es esencialmente malo, sino esencialmente ambiguo, es decir, “quiere ser no-siendo”; lo que implica que no quiere ser gratuito como Dios; pero la Gratuidad (que es Dios) no lo borra de su existencia, por lo cual, el demonio igual tiende a ser gratuito pero en iniquidad, ósea, en maldad gratuita = injusticia al más indefenso, débil e inocente.
La opción del demonio fue un ejercicio negativo de su libertad, en cuanto a que fue una opción en contra de Dios, es decir, una opción antigratuita, ante la cual, el demonio queda convertido en algo que tiene buena esencia (la Gratuidad que le da ser), pero que en virtud de su antigratuidad queda como alguien esencialmente ambiguo, lo cual, lo hace actuar en el mundo con maldad gratuita.
El problema del demonio no es que Dios no quiera perdonarlo, sino que él mantiene su decisión eterna contra Dios, ya que fue creado en tiempo eterno. En tal sentido, pienso que el problema del mal no radica en que el demonio haya querido “ser igual a Dios” (pues, si estaba cara a cara frente a Dios, ya sabía que es imposible que existan 2 eternos), sino que el problema es que “no quiso ser como Dios”, es decir, ser gratuito; y en cambio, quiso existir sólo para sí mismo. Prefirió reinar en la tierra que, servir y ser en gratuidad en el Cielo. El Maligno se ha fosilizado en la conveniencia, en contra de la Gratuidad que es Dios, por ello, nuestro real enemigo es solamente uno. El demonio no soporta la Fe en sí misma, incluso la que le puedan tener a él mismo. La fe y toda auténtica fe, hace que trascendamos más allá de la muerte. Y la táctica o el objetivo del Maligno es que lleguemos a creer que todo termina con la muerte, que todo es por nada o carente de sentido. Quien no cree en la existencia del demonio está más cerca de él, pues, le hace un favor en cuanto a que lo ayuda a trabajar clandestinamente, a través de lo que más gusta al ser humano: el poder, la riqueza y el placer, como sentido último de la existencia entregada a la conveniencia propia. La fe no es creer en Dios, pues, el demonio también lo hace. Creer en Dios es una creencia que sólo lleva a “amar mi idea de Dios”, pero no a Dios; y como todo el mundo lo ha constatado este último tiempo, sólo lleva al fanatismo y al fundamentalismo, que hace atacar y vengarse “en nombre de Dios”. La Fe verdadera, en cambio, es Creerle a Dios que Él se regala a Sí Mismo en cada instante de mi vida. Quien le cree a Dios lo sigue y lo ama como Persona y sin un interés religioso o eclesial. Para “ganarse el Cielo”, hay que renunciar al Cielo. Esa Fe auténtica y bíblica, libre de conveniencias jerárquicas eclesiales, nos defenderá contra el Maligno y desarrollará en nosotros la capacidad de extraer sentido, incluso de las realidades más terribles.
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